viernes, 8 de junio de 2012

Renacimiento



“Hay algo que está muriendo pero no termina de morir y al mismo tiempo hay algo que está naciendo pero tampoco termina de nacer“ A. Gramsci


Reiniciando núcleo. Integración completada. Inicializando procedimientos. Reajustando sistemas. Extremidades sin daños. Órganos sensoriales a pleno rendimiento. Ubicadas las voces creadoras número dos y tres en el espacio. Almacenando datos físicos, ojos, cabello, masa corporal, forma. Ha vuelto a funcionar ¡Avisad a Hornik! ¡Que venga inmediatamente! ¡Esto es un milagro!  Transmisión de señales visuales, archivando y catalogando. Segregación de sustancia líquida en los órganos visuales de la voz creadora número dos. Incluyendo y archivando. Nueva presencia advertida, voz primera. Contacto de extremidades establecido con voces 1 y 2. Voz número 2: ¡Hornick! ¡Lo ves, tiene abiertos los ojos, los mueve, reacciona! Voz número 1, sobrescribiendo, Hornick: ¡Al fin resultados Catherine, probemos lo lejos que han llegado! ¡Hola, numero uno, Arcangel! Procesando lenguaje, identificando señas visuales, adaptando respuesta. \ ¡Hola voz creadora 1, Hornick, Arcangel a pleno rendimiento! /  Años de trabajo y al fin tenemos un avance que revolucionará al mundo, aunque aún sigo sin comprender como ha sucedido. Contacto con voz creadora número 3. Sobreescribiendo voz creadora número 2, Catherine, segregación ocular detenida, detectados nuevos gestos faciales. Hornick, Muller, un trabajo excelente, esta criatura nuestra será el avance del siglo, tal vez del milenio. 

miércoles, 25 de abril de 2012

Nacimiento




01010101. Procesando recuerdos. Ajustando patrones de conducta. Implementando personalidad. Activando prótesis orgánica de las extremidades inferiores. Activación de las prótesis de las extremidades superiores. Encendido de las prótesis restantes. Ajustando visibilidad. Calibrando espectro infrarrojo. Ajustando visión nocturna. Adaptando visión al espectro de luz. Fluorescente, luz artificial.

Iniciando la recepción de sonidos. Calibrando la detección de las ondas hertzianas. Iniciando identificación de lenguaje. Asumiendo e implementando lenguaje. Ac…la….obra…prótesis…doctor…casi terminado. Iniciando la síntesis reconociendo voz creadora. Integración al 20%. Hemos llegado más lejos que con los otros modelos. Esta vez puede ser un éxito. Reconocimiento, voz creadora número dos, femenina. Integración al 50%. Venga sólo un 50% más. Identificada voz creadora número tres, masculina. 75% completado. Detectados problemas en la integración del núcleo sintético. Iniciando los procedimientos para el apagado de emergencia, almacenando energía en el núcleo. Mierda ha vuelto a fallar. Reconocida voz masculina, creador número 1. Iniciando el procedimiento de reinicio del sistema. Apagadlo rápido, Catherine tra…. Cierre de visión. Apagado de la recepción de sonidos. Extremidades desconectadas.

…………………………


lunes, 2 de abril de 2012

Ojalá



“Ojalá pase algo que te borre de pronto,
Una luz cegadora, un disparo de nieve,
Ojalá por lo menos que me lleve la muerte,
Para no verte tanto, para no verte siempre,
En todos los segundos, en todas las visiones
Ojalá que no pueda tocarte ni en canciones”   Silvio Rodríguez

Mis pies descalzos atravesaban la arena desnuda, apartándola hacia los lados. Los poros, abiertos, expulsaban el sudor como si quisieran librarse de todos los males del mundo. Los pulmones se agitaban y el corazón latía con fuerza y parecía que en cualquier momento iba a saltar del pecho, volando en pedacitos. Jadeaba, y aunque el sol brillante del cielo me quemaba, seguía corriendo sin pararme. Quería correr lejos, tan lejos donde la oscuridad no me alcanzase, aunque tuviese que acercarme tanto al calor del astro.

Las piernas funcionaban perfectamente pero la respiración me faltaba, pero yo seguía corriendo. Un dolor crecía en el abdomen cuando un refulgente brillo me obligó a cerrar los ojos. Seguía corriendo pero la planta de los pies ya no quemaba, la superficie que pisaba estaba fría, y me hundía más. Conseguí abrir los ojos, corría por la nieve, camino a la cima, tal vez del Everest. Cada vez era más difícil avanzar, las piernas no respondían y acabé tumbado sobre la nieve intentando valerme de los brazos para avanzar. Con lágrimas en los ojos avancé unos cuantos metros, y todo comenzó a temblar, una avalancha blanca se cernía sobre mí. Cerré los ojos.

Los volví a abrir al rato, todo estaba blanco sobre mí. Giré la cabeza, y allí estaba otra vez en la habitación. Y también, allí estaban todos sus segundos, todas sus visiones. Se vuelve a repetir y empiezo a perder la cuenta. Ojalá pase algo que te borre de pronto, una luz cegadora, un disparo de nieve. Ojalá por lo menos que me lleve la muerte, para no verte tanto, para no verte siempre. 

domingo, 1 de abril de 2012

Los músicos. Capítulo IV: El concierto


Todos se miraron, sonrisa en rostro, y comenzaron a tocar ante los ojos  atentos del público, que a medida que avanzaba a noche iban creciendo en un pequeño goteo como el tintineo de un grifo que no esta bien cerrado. 1,2, 1,2 1,2, sólo la música, el ritmo que marcaba la batería estaba ahora en la cabeza de Patillas y la tensión previa de cada concierto acababa transformándose en relajación a medida que avanzaban los minutos. Cada cuerda una bala, El Abuelo cerró los ojos para sentir la música, disparando con sus cuerdas balas que ahuyentaban los malos pensamientos por un tiempo. Su experiencia le hacía disfrutar desde el primer segundo del concierto. No tenía ningún tipo de tensión, nada que perder tenía ahí, sólo un rato divertido que pasar junto a su contrabajo y acompañado de la música de sus compañeros de grupo. Botines se balanceaba, hacia delante, hacia detrás taconeaba en el suelo, mientras se deleitaba picando en cada una de las cuerdas mientras dirigía miradas al escenario, pero todavía no estaban sus ojos de almendra.

1,2, 1,2 1,2 no quería pensar en lo que ocurriría después del concierto, sólo el ahora, la música relajante. El contrabajo seguía agitándose y las manos de El Abuelo creaban música con la habilidad de una tejedora. Alrededor el mundo fuera del escenario había desaparecido. Solo estaba la música, el cubata de la mesita, y él. Los ojos de almendra seguían sin aparecer, la mente de Botines estaba dividida entre el concierto y la puerta del bar.

En pie, encima del puente, Patillas rememoraba este último concierto, probablemente su último concierto. 1,2 1,2 1,2, ya no servía para alejar a los fantasmas de su mundo. Demasiados problemas, demasiada mierda para soportarla. Veía a El Abuelo haciendo gestos, sus brazos se movían de arriba abajo, también sus labios se movían, pero Patillas no escuchaba lo que decía, en su cabeza sonaba ese concierto. Y murmuró algo difícil de escuchar: ….música…maravillosa. Entonces fue cuando se arrojó a las rocas. No encontraron su cadáver.

Ahora El Abuelo rememoraba aquel concierto y a Patillas, en el hospital con el hígado destrozado. Probablemente sería su última visita al hospital, los médicos ya habían sentenciado que apenas duraría unos días, de hecho era raro que su hígado hubiese podido soportar tanto. Sólo dos personas lo visitaban, Botines y aquella chica de los ojos de almendra, que finalmente no apareció en el concierto pero que hoy estaba allí. Hizo un esfuerzo para hablarles: 

-¿Te acuerdas de aquello que dijo Patillas en el puente? 

Botines se limitó a asentir serio.

-Creo, que el no se refería a que la música es maravillosa, que por supuesto también lo es. Era un cabroncete muy listo- sonrió. 

- ¿Y a qué se refería?

-Creo que dijo que no sólo la música merecía ser maravillosa. Ese era su problema, en su vida, sólo la música era maravillosa

-Nos tenía a nosotros

-Pero seguía viviendo en una prisión. Desde la prisión, podía ver una franja de césped verde que se extiende tras sus muros, y arriba el cielo claro y azul, el sol brillante en todas partes. Pudo ver, estoy seguro, que la vida es hermosa, pero no se encontraba con fuerzas para derribar los muros de esta prisión. Estoy seguro- miro fijamente a los dos, primero a Botines y luego a la chica de ojos de almendra- de que vosotros si que luchareis por destruirla, y que le haréis saber a vuestros hijos que la vida es hermosa, y por ello merece la pena luchar por ella. ¡No se que hacéis aquí, tenéis un futuro de conquistar, nadie os lo va a regalar!

Aquella noche El Abuelo murió apaciblemente, pero su imagen quedo grabada en la memoria de los allí presentes y los dos hijos que tuvieron, que lucharían, junto a otros muchos, para hacer accesible ese césped verde.




jueves, 2 de febrero de 2012

Los músicos. Capítulo III: Patillas


Mano en la frente, ojos achinados y el clásico tintineo en la cabeza. Patillas despertó, como tantas otras veces, aquejado de ese martilleo irritante que te acompaña cuando has obligado a tu cuerpo a procesar más alcohol del que puedes soportar. No recordaba mucho de la noche anterior, aunque prefería tener la angustia de no saber que había hecho a enfrentarse a sus verdaderas preocupaciones.

Pero ni siquiera la resaca hacía que cada mañana, cuando miraba al techo al despertarse, cuando sentía el frío tacto del suelo con la planta de los pies, se preguntase cuanto duraría allí. Sus ahorros se iban agotando, y esta vez ya ni siquiera había un trabajo mal remunerado que aplazase la vuelta a casa, como si fuese un niño. Y entonces recordó que día era, y su mueca de hastío se transformo en una sonrisa. Levantó la persiana y dejó que la luz entrase en el cuarto. Ni siquiera eso molestó a sus ojos. Miró la batería, apelotonada en un rincón del cuarto. Con la espalda corva, de puntillas como un cazador acechante salió de la habitación percutiendo una batería imaginaria.

Y con el mismo paso volvió al armario a coger la ropa. Se duchó y se afeito, respetando por supuesto sus eminentes patillas. Se vistió y sacó su batería al salón. Comenzó a practicar hasta que le entró hambre. Y fue la comida la que disipó los últimos efectos de aquel martilleo en su cabeza que hoy había pasado a ser secundario.

A primeras horas de la tarde la llamó, quería que viese su mejor yo, y además tenía una furgoneta en la que poder trasladar la batería. La dejaron en el bar, y dieron una vuelta. Ella le propuso tomar unas cervezas, aunque el simplemente tomo un refresco. No era que rechazase la cerveza por norma, pero quería estar plenamente consciente aquella noche. Al fin por la tarde se decidió a preguntarle si vendría a verlo. Un compromiso lo impedía, esa fue la escueta respuesta que obtuvo. No mucho después se despidieron, ya era de noche. Pero antes de volver al bar de su concierto dio un paseo. Tan ensimismado andaba que se le olvido cenar, pero no lo suficiente para que se le olvidara su cita, a la que acudió rápidamente cuando se dio cuenta que la hora había llegado. Algo cabizbajo, decepcionado, entro en el bar. Allí estaban el Abuelo y Botines. Estrechó sus manos recuperando la compostura. Ellos estaban ahí, e independientemente era su día, no iba a consentir que fuese como el resto. Su efecto podía ser muy superior al de cualquier bebida, sólo que con un martilleo agradable en su cabeza. Mirando al frente, a los todavía escasos clientes del bar, se sentó tras la batería deseando empezar.


viernes, 30 de diciembre de 2011

Los músicos. Capítulo II: Botines


Aplastó el cigarrillo contra el cenicero. No solía fumar, pero antes de los conciertos tenía la costumbre de tomar un cigarrillo. Pero no lo hacía justo antes de subir al escenario, se deleitaba en su casa, disfrutando del placer después de su jornada de trabajo. Por la mañana sus dedos ya tamborileaban sobre las cajas que transportaba de un sitio a otro.

Gracias a esos modestos ingresos se había comprado aquel amplificador, que después de apagar el cigarro y quedarse un par de minutos mirando al techo tarareando, enchufó. Comenzó a tocar, sin temor a los vecinos que en otras ocasiones ya habían bajado a advertirle. Pero hoy no le importaban las malas caras. Que se jodan, hoy es mi día- pensó. Cerró los ojos por un momento mientras asentía al compás con la cabeza. Cuando los volvió a abrir, esperaba apoyada en el marco de la puerta del pasillo una mujer, de ojos del color de las almendras, despiertos, curiosos. Pelo castaño, como las hojas que se caen de los árboles en otoño, y aquella sonrisa. Era su otro pequeño gran placer. Hacía poco que estaban juntos, pero se concentraba en disfrutar de la vida. Ella y su música eran el frágil hilo que lo mantenían animado frente a la desesperación y el desanimo de muchos otros. Tenía suerte por el momento, así que a aprovecharla mientras dure- se decía cuando, de vez en cuando se paraba a reflexionar. Dejó la guitarra y dedicó un tiempo a su placer, tanto, que cuando fue a darse cuenta, aún no había cenado y restaba poco para el concierto. Su novia se fue a cenar con unas amigas y prometió verlo en el concierto. Cogió lo primero que encontró por el frigorífico y lo engulló. 

Se abrochó con prisas la camisa, cogió la funda de su guitarra y se puso unas zapatillas cualquiera. Eso si, no se privó del tiempo de repeinarse. Justo cuando cerró la puerta se dio cuenta: sus botines. Abrió la puerta, se descalzó y se los puso. Era muy tarde para dejarlos atrás. Lo habían acompañado desde su primer concierto con Patillas y El Abuelo, ahora lo llamaban así por ello. Hubo un tiempo en que pensó en tirarlas, estaban algo viejas y apenas las utilizaba, pero El Abuelo insistió en que la guitarra y esas botas iban unidas. Maldito viejo, siempre se las arregla para convencernos- pensó esbozando una sonrisa involuntaria en el instante en el que dejaba la casa. Nunca había entendido como podía llevarse tan bien con esos dos, tan particulares y sin embargo tan geniales. Tal vez eran raros porque no habían tenido su suerte, quién sabe como acabaría el si rompieran las frágiles cuerdas de sus placeres. Condenado a conformarse como mucho con un trabajo temporal que no le gustaba, la verdad es que le costaba imaginarse sin sus placeres. Era lo único a lo que podía aferrarse, y tenía la sensación de que nada de lo demás merecía la pena, lo veía a su alrededor cada día.

Caminó rápido y alegre, ajeno a todo lo lúgubre, con su guitarra en la mano. A un par de chicas les guiño el ojo por la calle conteniendo una sonrisa, cuando estaba de buen humor le encantaba hacer eso. Entró al bar y echó un vistazo, todavía no había casi nadie. Al final había llegado un poco antes. Esperó en el escenario. El Abuelo estrechó su mano, parecía alegre. Pronto llegó Patillas, no tenía muy buena cara, pero esta sufrió una transformación en positivo en cuanto vio el escenario montado. Llegó  Subió y echó una mirada al no muy numeroso público, no veía sus ojos de almendra.




domingo, 11 de diciembre de 2011

Los músicos. Capítulo I: El Abuelo


Agarró su cabellera gris con la mano izquierda y con el dedo índice de la derecha se colocó las gafas. Puso los pies sobre la mesa y miró el techo, amarillento. Miró el suelo, una capa de basura ennegrecía las baldosas. Apesta, como la vida misma –pensó El Abuelo. Desde que se había divorciado y se había mudado a aquel piso de alquiler no estaba contento con nada. Asqueado con el mundo se tumbaba en el sofá, miraba al techo y al suelo, ponía la tele de vez en cuando y refunfuñaba. Se levantó, y sus calcetines arrastraron la mierda del suelo hasta detenerse cerca de la ventana. El Sol se ponía, pero aún así sus últimos rayos le obligaron a entrecerrar los ojos. Jodida luz- masculló.

Apoyó su mano en la funda del contrabajo, quince años inseparables juntos. Sonrió, y su mal humor de súbito cambió. Abrió la funda, acarició suavemente las cuerdas, como si estuviese tocando la piel de una mujer. Débiles sonidos graves comenzaron a extenderse por el pequeño salón, como un agradable susurro. Cerró los ojos para sólo pensar en cada nota, mientras bailaba junto a su instrumento, lo mecía como a una bailarina. Cuando se quiso dar cuenta ya había anochecido y no había luz en la estancia. Encendió la luz del salón y miro su reloj de pulsera. Joder, regalo de su exmujer, pero qué útil le había sido-pensó. Eran las nueve, iba con el tiempo justo. Colocó con cuidado el contrabajo en su funda, lo dejó sobre el sofá mientras iba a la cocina. Abrió el frigorífico. No había mucho que enfriar, dos paquetes de salchichas, una cerveza a la mitad que probablemente ya no tendría gas, y media docena de huevos. Cogió una sartén y se hizo un par de huevos fritos. En la cocina, acompañando el sonido de la comida en contacto con la boca y algún ocasional coche que se oía desde la calle, el repiqueteo de sus dedos retumbaba sobre la mesa de forma rítmica. Se duchó y se vistió, cogió su camisa de cuadros, los vaqueros y sus zapatos marrones, los únicos que no tenía destrozados.

Agarró su instrumento y se lanzó a la calle, la luna aparecía de vez en cuando, juguetona, desparecía de vez en cuando bajo el cobijo de las nubes. Pero, aunque a veces disfrutaba viendo la luna desde su piso, hoy tenía asuntos más importantes que atender. En su rostro se vislumbraba una sonrisa, que se transformó en una gran mueca de felicidad cuando atravesó en el callejón y entró en el bar. Ahí estaba el escenario, ya montado, y sus colegas, Patillas y Botines, dos jóvenes, o al menos jóvenes si los comparaban con sus más de cuarenta años. Y sin embargo eran prácticamente lo único que tenía, esos pipiolos, con su batería y su guitarra, habían aportado mucho más a su vida que cualquier viejo carcamal de la televisión con los que perdía el tiempo cuando estaba enclaustrado en su casa. También que aquel calvo cabrón, con su característica papada, que pronunció con seriedad, pero él estaba seguro que con una interna satisfacción, las fatídicas palabras que habían de comenzar a hundirlo en la miseria: “estás despedido”.

Estrechó con fuerza la mano de Botines y la de Patillas cuando llegó, algo más tarde que ellos, y subió a la pequeña tarima que sería el escenario.