martes, 7 de julio de 2009

"Tic tac" hace el reloj


Lo mejor sería ir a por el destornillador-pensé. “Tic tac” era lo único que resonaba en mi cabeza, el constante zumbido de aquel reloj que nunca cesaba, que fluía como un río, pero sin crecidas ni sequías. Fui entonces a por el destornillador, e intente sustituir aquel monótono “tic tac” por uno anterior, más gozoso, en el que tal vez (ya no recuerdo), no estaba delante del contador. Cual fue mi sorpresa, o tal vez no tanta, que me quede absorto intentando volver a aquellos segundos, y cuando regresé al mundo, inevitablemente, había pasado toda una vida.

domingo, 5 de julio de 2009

Viaje

Mientras tanto Satara daba vueltas en su celda, paseando sin descanso de un lado a otro con los puños apretados y la mirada en el suelo. Sus gestos eran acelerados y bruscos, su respiración, agitada. De repente propinó un duro golpe al granito de la pared con el puño, que se detuvo en seco sin provocar si quiera un rasguño en la pétrea prisión. Retiró con lentitud el puño para luego abrir la mano, descubriendo las yemas de los dedos teñidas en un color azabache. Trató de limpiar el oscuro color en su brazo, menos sucio, mas pronto descubrió que aquella superficie era áspera y escamosa, que se había adherido como una capa de piel. Ha empezado de nuevo- reflexionó para sí en un susurro.

Durante los dos días que permanecieron estacionados en la ciudad costera Satara apenas se movió, exceptuando la hora de la comida, compuesta de un solitario plato que sistemáticamente era engullido, del cubo de excrementos, y en ocasiones el tiempo en el que Sigfrid pasaba a realizar preguntas en las que casi siempre sólo levantaba la mirada guardando silencio, con unos ojos que en la oscuridad parecían encenderse en un tono rojizo, como las brasas crepitantes de una hoguera mal apagada. En aquel par de días, cuando la estrecha ventana filtraba la luz rauda que se adhería a las baldosas de granito, se observaba como el dorso de la mano comenzaba a perder su color natural, obteniendo a cambio aquel oscuro recubrimiento que como un miembro gangrenado y sin amputar ganaba terreno en su cuerpo.

El día de la partida llegó al fin, y la tripulación embarcó en un gran galeón, la Lumière. El prisionero, escoltado por cuatro guardias y reducido por cadenas en pies y manos, detuvo su mirada en el castillo de popa, donde se observaba un cuidado trabajo de carpintería, con volutas en la baranda. Luego, antes de ser enviado a la bodega, pudo ver los cuatro grandes palos que se encargarían de recoger el viento y llevarlo a su destino, y también vislumbró aquella odiada bandera, ese resplandeciente sol icono de la deidad, ese símbolo que había jurado representar primero y luego destruir, no sólo lo que representaba ese símbolo, sino a quienes lo controlaban y le daban forma, aquellos que en un tiempo fueron sus compañeros, tiempos en los que su inocencia y su esperanza se cristalizaron, y fueron desterradas y olvidadas. Como inmediata reacción sus puños se cerraron, mientras lo introducían en las sombras de la bodega, encerrándolo en la correspondiente jaula. Abandonaron el puerto escoltados por otros dos galeones de menor tamaño, entrando en un mar manso y con leves ondulaciones, que con la ayuda del viento soplando a favor eran traspasadas por el bulbo de proa. Sigfrid permanecía atento al avance de los barcos que se adentraban en la inmensidad del horizonte, dejando un rastro de espuma blanca que se dispersaba y desaparecía tras la embarcación. Después dio algún paseo, y finalmente subió al castillo de popa, charlando con el timonel, un hombre sin apenas dientes, de tez morena y rudas palabras. Mientras tanto en la jaula de la bodega, el prisionero permanecía en silencio, sentado, escuchando el crujir de los maderos, con su oído apoyado en la húmeda y áspera superficie del barco, tratando tal vez de escuchar el nítido sonido de las olas, el sonido del otro lado.

Satara, el azote de los dioses. Extracto del capítulo II.

sábado, 4 de julio de 2009

Una breve historia de las Guerras de Insurgencia

Sentado en una férrea silla, dispongo el fusil, lo limpio con un trapo, reviso el cargador sin demasiado ánimo, limpio la pólvora que hay en su interior, y me pregunto cuantas balas se habrán disparado desde el arma tras la última limpieza. AOC 107, han pasado muchos modelos por mis manos, pero durante los últimos cuatro años apenas he visto otra cosa que estos rifles, de retroceso mínimo y alta efectividad. Se estrenaron con las Guerras de Insurgencia, en las incursiones sobre Líbano e Irán, revelándose como el arma de cadencia rápida más versátil y con el mayor porcentaje de blanco por disparo de la historia. Utilizados por las fuerzas de la ONU y enfrentados a esos patéticos AK, una sutil mejora del arcaico modelo soviético en manos de las superadas milicias árabes. Avanzaron raudos los fusiles de la ONU, aniquilaron al enemigo, ni uno quedó con vida, y los que lo hicieron murieron poco después bajo las leyes de la bandera de las cincuenta estrellas y su ostentoso ejército, que componía más de la mitad de las tropas enviadas por las Naciones Unidas.

Mientras andaba yo en tales cavilaciones llegó Johnson, uno de los tipos duros que le gustan al Ejército de los Estados Unidos, propietario del fusil y de mi vida desde hace diez años. Como era habitual reclamó su arma en un tono desdeñoso y hostil, y yo se la entregué sin vacilar, esperando su reacción, temeroso de recibir alguna reprimenda física por alguna nimiez. Efectivamente, no tardó en proferir unas cuantas palabras, rutinarias e hirientes: - ¡Mexicano de mierda, en tu país pudriéndote te tenías que haber quedado!

A eso le siguió una patada que me alcanzó en el pecho, y que me llevó hacia el suelo junto con la silla. Me mordí la lengua al caer, y notaba como la sangre se mezclaba con la saliva. Pero con rapidez, y sin prestar atención al agudo dolor que se gestaba dentro de mis fauces, corrí a arrodillarme bajo las botas del soldado. Luego posé mis mestizas manos en las botas del soldado. Este, con ambas manos, me obligo a besar su sucio calzado, y yo, sin otra opción lo hice, dejando en la bota una marca carmesí. Luego alcé la vista hasta sus pantalones, de distintas tonalidades de gris, y con un gran machete atado a su pierna derecha. Atisbó mi osadía entonces, había levantado la cabeza más de lo estipulado, y en consecuencia él me escupió alcanzándome en la frente. Sin embargo, yo levanté la mirada y vislumbre esa sonrisa que me recordaba a Francisco, un matón del colegio que acostumbraba a humillar a todo aquel que no se dignaba a reír y aplaudir sus acciones.

Sin pensarlo dos veces, me abalancé sobre su pierna rodando, y agarrando el arma blanca en el acto. La sonrisa de Johnson mutó en una mueca que dejaba al descubierto sus dientes, en una expresión de furia y sorpresa. Antes de que pudiera maldecir de nuevo, tomé impulso con ambas piernas, saltando con el machete agarrado con ambas manos. No tardó en caer al suelo, y yo sobre él, agarrando aún el machete, mientras su boca exhalaba un último suspiro, y de su nuez, atravesada por la hoja de metal, comenzaban a brotar finos hilos de sangre, que se convertirían en torrentes cuando retirase el arma que hizo posible la rebeldía.

Ahora estoy aquí, escribiendo mis últimas palabras, esperando a que alguno de sus compañeros aficionados a la caza de humanos llegue aquí, observe mi crimen, y decida castigarme con una ráfaga de balas de su fusil, que probablemente habrá limpiado otro esclavo. Así pues como testamento sólo dejo unas palabras de reflexión: ¿Realmente fue criminal afrontar el abuso, y en consecuencia reunir el valor para enfrentarme

jueves, 2 de julio de 2009

"Él es el rey de la derrota"


Mirada perdida en el mar,

Infinito y solitario oso cavernario.


Mirada perdida en la cumbre,

Cubierto por la nívea espuma, encerrado.


Luz que se apaga en la noche oscura,

Puñal que extingue el resplandor del corazón.


Luna plateada que marcha tras el Sol,

Aliento vital, cálido, que no va a volver.


Con la nada quedo,

La nada soy.


Un gris ceniza,

Es lo que queda por ver,

Corazón oscuro, sin resplandor lunar,

Corazón gris, fusionado con un puñal.

viernes, 26 de junio de 2009

“Quizás podamos escoger nuestra derrota”


Escribía, sentado en el sofá, mientras pensaba en como acabar con el mundo, en transformarlo, pero más que eso, pensaba en cambiar la situación propia, cambiando todo lo demás, deconstruir la macroestructura y reconstruirla para permitir una microestructura nueva. También combatía sin descanso contra la fortuna, aquel enemigo que tantas veces había derrotado a quien osaba atentar contra el destino designado y prefijado, herido sin piedad provocando cicatrices aún visibles, recordadas, impregnadas como una quemadura en la piel. Esas heridas crearon destrucción y cambio, pero sin embargo nunca llegaron a tornar la determinación de lucha sin descanso contra la fortuna, es más, la afianzaron en base a la experiencia que dieron esas batallas perdidas. Y este refuerzo ganó la calificación de locura, otorgada y ligada a la derrota, al ímpetu de luchas que difícilmente pueden ganarse, diferenciada de la cordura aceptada en la victoria, o de la genialidad que ganó al morir en el fracaso.

La decisión del enfrentamiento directo con la fortuna no es un camino llano que lleve al triunfo, mas es probable que lleve a la derrota, pero en el caso de perder, la determinación tomada ya es una forma de truncar el destino, de romper con la victoria absoluta con la que la fortuna se quiere galardonar. Aún no obteniendo la victoria cabe la posibilidad de que podamos escoger nuestra derrota, eligiendo como vamos a combatir, a vivir.

sábado, 20 de junio de 2009

El Extranjero (I)

Altas torres de hormigón se alzaban soberbias sobre el cálido asfalto, que humeaba transitado por auténticas cadenas de hierro que de vez en cuanto pitaban y se movían, al compás de los tricolores semáforos. Desde una pequeña terraza, un individuo observaba con los codos en baranda y la mano sujetando su barbudo mentón que masticaba con desgana desde hace un rato. Su rostro se giró evitando la molesta luz que se reflejaba en los oscuros cristales de las oficinas estacionadas frente a su piso, y sus ojos marrones se perdieron en los límites de la ciudad que aparecían difusos en el horizonte, parcialmente tapados por edificios más altos y por una masa de construcciones que parecía no encontrar su fin. Pasó la mano por su pelo, era áspero y abrupto como la ladera de una montaña alpina, mas esta lejos de resentirse peinó varias veces el mismo recorrido. Luego escupió, el chicle no tardó en perderse descendiendo a una velocidad vertiginosa en dirección a la transitada acera, pero aquel hombre no se molestó en seguir su recorrido, continuaba con los ojos puestos en los lindes de la urbe, aunque parecía estar mirando aún más lejos, en un lugar concreto, o tal vez en todos a la vez.

El Sol comenzaba a tostar su cara y al fin, tras unos minutos jugando con las barbas de su mentón al mismo tiempo que mantenía fija la mirada de aquel punto incierto, decidió entrar en su casa. Cuando desplazó la cortina y volvió dentro con sus pies desnudos, pisó unos cuantos papeles rellenos de letras que había por el suelo, mas hubiese sido imposible no hacerlo. Toda la sala estaba repleta de estos, y aunque hubiera decidido andar por las paredes se hubiese encontrado con multitud de recortes de periódicos y mapas que empapelaban el salón. Volvió a cerrar la cortina cuando entró, dejando que sólo una tenue luz llegase a través del balcón, y se fijó en la mesa redonda que estaba en frente del sofá, sobre esta una pantalla emitía un aura azul que iluminaba la tapicería azabache del cómodo asiento. También encima reposaba una lata de cerveza, y en el suelo, no muy lejos, había algunas más dispersas por el suelo. Cogió la lata de la mesa, y la meció, sin encontrar respuesta en el interior del envase, así que la tiró al suelo dejándola con el resto.

Caminó hasta la cocina y abrió el frigorífico, estaba casi vacío, apenas quedaban cinco cervezas y un par de huevos, pero sin embargo no pareció importarle, se limitó a descargar un soplido y luego tomó otra lata con su mano, agarrándola con firmeza a pesar del gélido contraste que se produjo en esta. Se sentó en el sofá y cogió el ordenador, comenzó a teclear con la soltura de un virtuoso pianista. Pronto empezó a dudar de sus movimientos, al posar los dedos en las teclas retrocedía, volvía a escribir, borraba. Durante un rato permaneció escribiendo sin apenas avanzar unas líneas, reflexionó, y el cursor se posó en la cruz de la ventana que contenía el mensaje en varias ocasiones, aunque al final envió el contenido del mismo, posiblemente no todo lo largo y fluido que hubiese querido. Pero la vida no me ha otorgado el don de la expresión acertada en momentos clave –pensó.

Fragmento de "El Extranjero" (como es obvio, de propia mano, a pesar de que Camus eligió el nombre primero, no podía tener otro nombre esta obra)

viernes, 12 de junio de 2009

Hospital Severo Ochoa


Poco es el eco que ahora recibe este hospital madrileño, cuyos médicos tiempo atrás fueron atacados de una forma peculiar e intensiva. Para estudiar las causas de las acusaciones que hoy se han demostrado falsas es necesario analizar los efectos que se han producido con este ataque.

En primer lugar podemos hablar de la destitución de muchos de los miembros de la plantilla que fueron acusados, a los que después hay que añadir aquellos que han buscado una oportunidad para abandonar el hospital ante la situación vivida.


Como segunda consecuencia se puede destacar el efecto que esto ha tenido sobre la opinión de los usuarios de la sanidad pública, la ruptura de la relación médico-paciente como han argumentado algunos de los que en su día fueron acusados.


La tercera consecuencia, que se deriva de la primera, es la sustitución de los elementos antes presentes en el hospital, y la aparición de otros nuevos nombrados por la consejería, del Partido Popular, que gobierna en la Comunidad del Madrid.


Así pues, tenemos estos tres hechos objetivos, pero como es obvio, remitirse a estos hechos objetivos sería dejar inconcluso el posicionamiento del autor, que de no expresarse de forma clara y concisa en estas líneas que seguirán se hubiera introducido de forma soterrada en un análisis aparentemente objetivo. Aún así cabe destacar que además de estas tres consecuencias se pueden sumar más que no se han contemplado por aquello de que el camino a la omnisciencia es un camino eterno. En ese proceso de selección la objetividad es inalcanzable (el objeto es infinito y cambiante), pero de este modo, dejando claros los hechos que se han producido y el posicionamiento es más fácil interpretar esta información y analizar desde el prisma del lector.

Sin mayor dilación, me ceñiré a los objetivos que han motivado las acusaciones sobre el Severo Ochoa. Es obvio que detrás de este ataque perpetrado por la derecha, representante de esos propietarios que acaparan la mayoría de la riqueza del país y del mundo, se encuentra el deseo del desprestigio de la sanidad pública, para una posterior dilapidación de las conquistas alcanzadas en la misma (que por supuesto son mejorables). Para que este ataque pudiera producirse con la eficiencia esperada era necesario acabar con los elementos que defendían de una forma decidida la apuesta por lo público, por una atención en la que no se otorgan privilegios a los pacientes según la renta. Y así se ha hecho, pero no sólo en el aspecto de la sanidad, ya hemos podido observar el proceso de privatización que se está dando en la Comunidad de Madrid. En definitiva, la derecha desea el total desprestigio de lo público tratando de minar desde dentro, de sembrar el desasosiego entre los trabajadores e infundir el odio a los usuarios, con el objetivo de que pase oficialmente a las manos privadas.

Para evitar esto es necesario que el caso de este hospital no quede en el olvido, es necesario que quede grabado en nuestra memoria, que recordemos cada uno de los ataques, para elaborar una respuesta contundente y masiva. Algunos podrán decir que luchar contra la oligarquía, la burgocracia que impone, es una batalla perdida, que la única posibilidad es llegar a un cierto acuerdo con ellos, a lo que se puede contestar que son una minoría, y que la batalla está perdida sólo si no se golpea al unísono por parte de todos los perjudicados, que no sólo incluye a los médicos, los que han favorecido estos intereses de privatización son los mismos que despiden a los trabajadores de las fábricas, son personas con intereses similares que no dudan en atacar juntos, ¿Por qué no hemos de golpear nosotros a una misma vez entonces?


Aún siendo una batalla perdida como estimarían aquellos que tratan de desalentar, yo respondería que tras una derrota hay también una lección, una experiencia, como la que han vivido los médicos del Severo Ochoa, y que lejos de suponer el fin, lo que hace, que tras un análisis de la misma, se prepare una ofensiva de mayor envergadura. Merece la pena entonces combatir por aquellos, que ahora de una forma más sutil, estamos siendo oprimidos por la libertad de circulación de capital, por supuesto, de los bolsillos que poseen los medios de producción, ya que el resto de la población del planeta no puede permitirse tales lujos. Es necesario combatir entonces hasta la victoria siempre, porque aunque esta fuera imposible en la imposibilidad se engendra la semilla de lo posible, de lo tangible.